Desde el
día que salí de allí no he dejado de pensar en ella.
Había
vuelto a casa; me sentía cuidada y mimada, sin embargo ella me faltaba. Trataba
de distraerme con otras cosas, me pasaba el día leyendo, escuchando música... y
pensando en ella. Echaba de menos su calor y su magnífico perfume a lavanda.
Pero no, ella era prohibida, innaccesible... al menos por ahora, sólo debía
esperar el momento, y ella sin dudas valía la pena.
Los días
se sucedían unos a otros, con esa calma que precede al calor más
sofocante del verano. Uno... dos... cinco... diez. Finalmente dejaría de pensar
en ella y sería realidad. Volvería a disfrutar de ella, del contacto con mi
piel, de la suavidad con que se deslizaba por mi cuerpo, de ella en su
totalidad y de cuanto me dejaba relajada y satisfecha.
Y sí,
después de diez días volví a ducharme, y fui la mujer más feliz de este
mundo.
(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 45: Crea un relato que contenga una escena en la ducha.)