No sabía
qué había visto en él; porque para ser sinceros, no era guapo; uno como tantos.
Ni tampoco vestía de una forma especial, normal podríamos decir. Pero, cuando
la miraba, cuando sus ojos se clavaban en ella, la paralizaban. Cuando,
lentamente se acercaba por detrás, a su espalda, y le acariciaba el cuello,
deslizando sus cabellos a un lado, para susurrarle al oído esa palabra, ella
era completamente suya. Y no importaba el lugar, la situación, o quien
estuviera a su alrededor; él se encargaba de que ella lo oyera.
Y a ella
le gustaba se la dijiera. Le gustaba cuando estaban en la cama, era allí que ella
esperaba el momento en que la pronunciaba. Porque era el instante en el que
ella lo sentía tan dentro, tan dueño, estallando y haciéndola derramarse una y
otra vez. Pero le gustaba menos cuando sucedía en lugares que ella consideraba
insólitos, o los momentos menos adecuados; todo por los efectos que le producía. Como aquella
vez cuando hacían la compra, que él colocó su mano en el límite preciso entre
su cintura y su deseo. Y mientras su dedo mayor jugaba descuidadamente entre
sus glúteos contenidos por el jean, se la dijo, a lo que ella dió un respingo
excitada. Aunque la más memorable fue aquella otra, cuando él la invitó al estreno de la temporada del Ópera. En aquella ocasión le compró un vestido negro que quitaba el
aliento, y para él, un smoking impresionante. Toda la noche se comportó como el
caballero que era. Sin embargo, a la salida del espectáculo, ella lo miraba,
sonriéndole de esa forma tan pícara, tan suya, y él supo exactamente en qué estaba
pensando, como siempre. Entonces, mientras la ayudaba a colocarse el abrigo, apoyó delicadamente
la boca en su cuello y le dijo:
A mí, hasta
cuando estoy en smocking me encanta hablarle a mi Puta... –con lo que ella no
pudo contener la risa, pegándose a su cuerpo por toda respuesta.

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