Si alguien hubiese
tenido que describir a Alma, seguramente hubiese dicho que era una niña que
soñaba demasiado. Miraba el mundo siempre con ojos curiosos y, a pesar de tener
las rodillas lastimadas por tanto tropiezo, no dejaba de alzarse e intentarlo
una vez más.
Un día, sus pasos –o tal
vez fueron sus alas, esas que para no olvidarse quién era se había dibujado en
la espalda-, la llevaron hasta el mar, ese sitio donde podía sentirse sí misma,
sin límites ni barreras. Y fue allí que la encontró, la conoció... ella, la
Luna.
Al inicio fue un tibio
reflejo, parecía como que ninguna de las dos deseaba asustar a la otra con la
propia impulsividad, las propias ganas de saberlo todo. Pero la atracción es
algo inevitable y ni queriendo podían no buscarse. Parecía que llevaban varias
vidas siendo amigas, conociéndose. Las experiencias y sentimientos tan
parecidos, tan vividos, tan de ambas.
Desde ese día no
volvieron a separarse. Se contaban todo; hasta compartían los silencios, esos
que estaban tan llenos de significado y que ambas entendían tan bien. Luna y
Alma; dos seres que la vida y las circunstancias habían unido, mucho, muchísimo
tiempo antes de encontrarse.
(Este microrrelato pertenece a los
"Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha
por Demiurgo desde su blog: "El Demiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los
participantes aquí!)
