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jueves, 27 de febrero de 2020


Si alguien hubiese tenido que describir a Alma, seguramente hubiese dicho que era una niña que soñaba demasiado. Miraba el mundo siempre con ojos curiosos y, a pesar de tener las rodillas lastimadas por tanto tropiezo, no dejaba de alzarse e intentarlo una vez más.

Un día, sus pasos –o tal vez fueron sus alas, esas que para no olvidarse quién era se había dibujado en la espalda-, la llevaron hasta el mar, ese sitio donde podía sentirse sí misma, sin límites ni barreras. Y fue allí que la encontró, la conoció... ella, la Luna.

Al inicio fue un tibio reflejo, parecía como que ninguna de las dos deseaba asustar a la otra con la propia impulsividad, las propias ganas de saberlo todo. Pero la atracción es algo inevitable y ni queriendo podían no buscarse. Parecía que llevaban varias vidas siendo amigas, conociéndose. Las experiencias y sentimientos tan parecidos, tan vividos, tan de ambas.

Desde ese día no volvieron a separarse. Se contaban todo; hasta compartían los silencios, esos que estaban tan llenos de significado y que ambas entendían tan bien. Luna y Alma; dos seres que la vida y las circunstancias habían unido, mucho, muchísimo tiempo antes de encontrarse.


(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Demiurgo desde su blog: "El Demiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

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