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miércoles, 23 de mayo de 2018

Sebas debía terminar su libro en las próximas semanas, sino tendría problemas con su editor. Por ello, le pidió a Julieta, su amiga desde la infancia, otro permiso para visitar su lugar de trabajo. El manicomio de la ciudad. Necesitaba volver al sitio donde se desarrollaban sus historias.

Él no escribía sobre psicología; ni sobre psiquiatría; ni sobre ninguna enfermedad mental. Él era simplemente un historiador, y desde hacía algunos años se interesaba por las leyendas urbanas. Una en particular, lo estaba obsesionando.

Cada diez años, para la fecha en la cual se había abierto el manicomio de la ciudad, un nombre aparecía en el cuaderno de ingreso de visitas, pero no en el de salidas. Desaparecían dentro la estructura; nadie sabía más de ellos. Algunos decían que los internaban como pacientes en el último pabellón, bajo falsos nombres. Pero, ¿cómo era posible que nadie controlara?; ¿que nadie reconociera a alguno de esos hombres? Porque eran siempre hombres, solteros, alrededor de los cuarenta años, con pocos o ningún familiar; casi la descripción del mismo Sebas.

Te he conseguido el permiso para este sábado... –le dijo Julieta el miércoles a la salida del gimnasio donde iban juntos. Aunque me hubiese gustado que esperaras mi regreso para hacer esta visita... ya sabes.
No, no sé... –respondió Sebas mirándola entre sorprendido y curioso. ¿De qué hablas?
Sabes qué fecha es este sábado, ¿no? –le preguntaba mientras le clavaba la mirada.
No... ni idea... –dijo Sebas, que siempre vivía en las nubes.
Pues es el cincuenta aniversario del manicomio, y según tus historias... –lo decía haciendo fuerza para no reírse. Aparte yo no podré estar contigo, sabes que salgo de vacaciones por un mes, tengo el vuelo esa mañana.
Mira que eres tonta... –le respondió Sebas, sonriendo. Son sólo leyendas urbanas, no he podido confirmar absolutamente nada hasta ahora... temo que el libro será un desastre.

Continuaron a conversar y bromear, hasta que se despidieron; y Sebas prometió que le escribiría para contarle cómo iba todo.

El sábado a las ocho de la mañana, Sebas estaba ya firmando el libro de visitas del manicomio. Como era de esperarse, tuvo que dejar las llaves, el celular y algún otro objeto personal en el ingreso, los podría retirar al marcharse. Sonrió al recordar el mensaje de Juli esa mañana apenas se despertó; cuando volviera de las vacaciones ya vería de hacérselas pagar. Ahora debía concentrarse, y no perderse en ese laberinto de pasillos que era el manicomio.

(...)

A lo lejos se escucha una canción, una melodía.

¿Y esa música? –preguntó la nueva enfermera al Director del manicomio mientras le mostraba las instalaciones. Viene de esta habitación, ¿qué es lo que hay?
Pues nada, sólo los objetos que los visitantes dejan olvidados al ingreso... –respondió él sin querer detenerse demasiado. Luego de unos días que nadie los reclama, los guardamos aquí dentro.
Es que parece ser un celular, ¿no deberíamos controlar? –volvió a preguntar entre curiosa y asombrada por la falta de interés.
Si es propio lo que le interesa, y tanto le importa... –dijo un poco contrariado, mientras buscaba la llave.

Cuando finalmente abríó el cuarto, se escuchó claramente la señal acústica de un celular que se apagaba por falta de batería. La joven se quedó mirando las estanterías repletas de cajas, sucias y descoloridas; algunas, muchas, sin siquiera rotular. No supo que decir; su rostro expresaba el desconcierto.

Se ve que no era destino encontrarlo... –dijo el Director que no se había movido de la puerta. ¿Continuamos?

Mientras un mensaje quedaba perdido, también, en una casilla de un contestador automático...

“Sebas... ¿me puedes decir dónde te has metido? ...han pasado veinte días desde tu vivita al manicomio y no sé nada de ti, ya no sé qué pensar ni a quién llamar ...que estoy preocupada, angustiada, y...”

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 9: Tienes prohibido utilizar la palabra 'locura', y cualquiera de su familia.
Tu relato se desarrollará en un manicomio.)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Lo seguían, estaba seguro. Ya antes había tenido la sensación de ser observado, pero hoy lo había visto.

Había entrado a la cafetería donde todas las mañanas solía desayunar. Se sentó a la mesa de siempre, luego de cinco minutos allí lo vió, en la mesa detrás de él. Había querido disimular haciendo cuenta que leía el periódico, pero él lo había notado. Y esa media sonrisa que le hizo cuando se vió descubierto se lo había confirmado.

Bebió su café de prisa, la misma que tuvo para pagar e irse. Se dirigió a la estación de trenes, debía llegar a la Universidad, el proyecto en el cual estaba trabajando era demasiado importante como para ausentarse. Cuando llegaba el tren volvió a verlo por detrás de él, llevaba el periódico bajo el brazo. De algún extraño modo habían sabido en qué estaba trabajando. No podía permitir tomaran posesión de esa información. No sabía bien qué hacer, de igual modo subió al tren y comenzó a caminar hacia el último vagón. Ya no lo veía, tal vez con tanta gente lo había perdido. Igualmente no se arriesgaría. Decidió bajar en la siguiente estación y volver a su casa caminando. No sería la primera vez que lo hacía en los últimos meses.

Media hora más tarde sus llaves abrían la puerta de casa. Le pareció extraño que Astor no viniera a su encuentro. Notó que el ventanal que daba al jardín estaba abierto. No recordaba haberlo dejado así. Se detuvo, observando cada detalle del exterior; todo parecía en orden. No vió las manchas de sangre en el suelo del patio, lo distrajo el sonido del teléfono que llamaba. Cerró la puerta balcón y fue hacia él, pero no se decidió a responder. Lo hizo el contestador automático...

“Te comunicaste con mi casa, si no sabés quién soy, es que te equivocaste de número... si sabés, déjame un mensaje que tal vez te llame más tarde...” Se escuchó la señal y luego el silencio. Pasó un rato hasta que colgaron. Supo eran ellos, lo habían encontrado.

Un ruido tipo explosión lo sacó de sus pensamientos. No había notado que estaba por llover. Volvió a asomarse al jardín, el cielo se había cubierto, de golpe parecía noche. Empezó a llamar a Astor, ambos estarían más seguros dentro. Fue ahí que notó las manchas sobre las baldosas. Unos metros más allá estaba su perro en un charco de sangre. Casi como un autómata, tomó una pala y comenzó a excavar en medio al jardín, bajo la lluvia.

Pasaron horas cuando volvió a entrar en su casa, estaba mojado y cubierto de barro y sangre. Fue hacia el baño, abrió el agua caliente de la ducha. Se paró frente al espejo, las profundas ojeras eran el signo de lo poco que dormía últimamente. El vapor comenzaba a llenar el ambiente cuando escuchó que el teléfono sonaba otra vez. Nadie, nuevamente el silencio.

Volvió a observarse al espejo, sabía que estaba allí, debía encontrarlo antes que ellos dieran con él. Había afeitado todo su cuerpo y buscado en cada centímetro de él, las cicatrices así lo demostraban. Sólo quedaba una opción. Tomó la pinza, inspiró profundamente dándose coraje y abrió la boca.

Despertó en la cama sin saber cómo había llegado allí. Tenía un fuerte dolor de cabeza y el gusto de la sangre aún en la boca. Pasó la lengua por los dientes y notó el hueco. Quiso llevarse las manos al rostro y se dió cuenta de estar atado. Lo habían atrapado, por lo que comenzó a gritar...

Suéltenme bastardos... ya tienen lo que querían seguramente... –y su voz pasaba através de las paredes.

Doctor, el paciente de la veintiocho se ha despertado y comienza a agitarse... –dijo el hombre que parecía más un guardaespaldas que un enfermero.

Vuelvan a cedarlo; anoche se ha arrancado el implante dental y ya veremos más tarde qué hacer. –respondió el médico mientras cerraba y colocaba su periódico bajo el brazo. Si me buscan estoy en la cafetería desayunando, que este manicomio terminará enloqueciéndome a mí también.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 22: Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.)

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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