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martes, 7 de enero de 2020

Ella ya no era una niña, la última pérdida había cancelado esa poca fé en cualquier buena estrella.
Así y todo, sonreía al acariciarse el vientre que crecía día tras día. Una más de sus contradicciones; sin creer en nada, lo apostaba todo.
No recuerda aquello que el viejo señor del norte dejó esa Navidad. Pero seguramente, nunca olvidará que ese siete de enero una pequeña de piel nívea y rizos negros trajo en sus manos el regalo más grande...






...y, con sólo una mirada, volvió a creer en la magia, en lo infinito y eterno.




(Este microrelato pertenece a la iniciativa "Escribir jugando"
y ésta es organizada por Lídia desde su blog: "El Blog de Lídia".
Ésta es la propuesta para el mes de Enero.)

lunes, 7 de enero de 2019

"Toma tu hija, (…) y enséñale el esplendor de la desobediencia.
Es arriesgado pero es más arriesgado no hacerlo jamás."
(Sófocle, Antígone)


Nunca fui una niña o una adolescente que soñaba con ser madre. Pero en el exacto momento que supe lo sería, también supe que no había ninguna otra cosa que yo deseara más al mundo. Y obviamente, como era natural que pasara, llegó ella... -algunos podrían llamarlo karma conociéndome-.

Esos ojitos oscuros como una noche sin luna, tan parecidos a los míos, no dejaban de observarme. No sabría cómo ni porqué, pero estaba segura que jamás le enseñaría a obedecer ciegamente o porque sí. Sí a ser humilde, pero también a pelear por lo que quería o en lo que creía. Aunque si eso podría significar enfrentarse a mí, su propia madre. Y fue entonces, cuando esa nena con la cabeza llena de rulitos y que le encantaba estar descalza; que apenas tenía algo más de tres años y pronunciaba poquísimas palabras pero sabía hacerse entender muy bien, me demostró que sabría hacerse valer. Hasta cuando se comportaba mal y debía dejarla sin salir a jugar o algo así, pedía saber claramente el porqué... no bastaba con el "porque sí" o "porque soy mamá". Y eso, eso me llenó de orgullo... y no dejé de sentirlo jamás en todos estos años.

Hoy, exactamente a esta hora, a las 05:10am de Buenos Aires, de veinticinco años atrás, nacía mi orgullo más grande, mi amor más profundo e infinito... ella, mi hija. Mi mejor obra, mi mejor parte.

Feliz cumpleaños amor...
...que la vida te sonría;
que recuerdes, que al final de cualquier oscura noche,
siempre sale el sol;
te amo...felices 25 años!!!

lunes, 28 de mayo de 2018

En todas las calles que he recorrido, buenas... malas... de repetir... de olvidar.
Cada vez que he logrado abrir una puerta, y en todas esas veces que se me han cerrado en la cara.
En los vuelos. En los tropiezos. En las caídas.
Siempre ha estado. Un guía, un pilar, un verbo incondicional, una presencia constante.
Para muchos, un nombre. Para tantos otros, un hombre. Para mí, simplemente, mi Padre.

A vos, por esa mano siempre tendida,
esa que nunca me ha soltado, pese a la distancia y a los años.
A vos, por ese amor infinito que nos une y nos da fuerza.
A vos, por ser quien sos, por el orgullo de llamarte Papá...
...Feliz cumpleaños!!!


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras propuestas para el mes de Mayo: calles, padre, puerta.)

domingo, 7 de enero de 2018

Habían pasado exactamente nueve días e iniciaba a preocuparme. Controlé el bolso preparado para la ocasión, por enésima vez. No quise continuar a dar vueltas, sino sólo conseguiría volverme más ansiosa, por lo cual fui a ducharme. Me sentía enorme; eran semanas que no me veía los pies. Pero tampoco me preocupaba por ello, ya tendría tiempo de volver en forma –hoy me rio de esto-. El agua caliente casi quemaba mi piel, y aunque me habían advertido que no debía exagerar con la temperatura de la ducha, no podía evitarlo. Fue en ese momento que sentí como una gelatina por entre las piernas.

Dios mío, ¿qué asco es esto? –me pregunté mientras tocaba con el pie ese moco transparente que ahora estaba en el piso de la ducha.

No supe responderme. Aún así, terminé de ducharme y salí del baño con toda la tranquilidad. Lo llamé a él explicándole cómo me sentía, preguntándole si creía oportuno ir hacia la clínica.

Obvio que vamos... –dijo inmediatamente, y sentí por primera vez mi vientre contraerse.

Había llegado el momento.

¿Cómo vas? –me preguntó él mientras subía al auto.
No sé si son contracciones o dolor de panza, con todo lo que se ha comido en estas fiestas... –respondía riendo. No sé si voy a parir o a c....
Por favor no lo digas. –dijo él en tanto que disimulaba una media sonrisa.

Finalmente llegamos a la clínica, y en el instante que él me ayudaba a bajar del coche, sentí que me pillaba encima. Por suerte una enfermera se acercó inmediatamente con una silla de ruedas.

Creo haberme pillado encima. –le dije sin más.
No mamá, lo que acabas de hacer es romper aguas... –respondió sonriendo; giró la cabeza buscándolo a él y preguntó: ¿Ha comprado la enema?

Que Dios me libre y me guarde, fue lo único que pensé en ese momento. Y no podía dejar de imaginarme un bebé cubierto de caca.

Ya en la habitación probé a relajarme, a vaciar mi cabeza, mientras él completaba los formularios correspondientes a la situación.

Habían pasado horas, no sé cuántas, pero muchas, e iniciaba a sentirme cansada. Entró el doctor en la habitación y le dijo a él que me llevarían a sala parto, que no podían esperar más.

Pasó otra hora hasta que la misma enfermera que me ayudó a entrar con la silla de rieda, me llevó en la camilla a la sala partos. Me hablaba, tratando de serenarme, sin mayores éxitos, obviamente. Fue allí que escuché al médico mientras decía al anestesista que no podía esperar más, que comenzaba el riesgo fetal. Esta vez no había dudas, entre el miedo y la fuerza de las contracciones, me había cagado encima. Dios, ¡qué vergüenza! No volvería jamás a poner un pie en ese sitio. Observé el reloj, marcaban las 05:10 am. Fue lo último que recuerdo. En el siguiente instante, cuando abrí los ojos, me encontraba nuevamente en mi habitación.

No me digas que... –le dije mientras lo miraba, él sabía cuáles eran mis miedos.
Que no... –se apuró a responder. Que ni la has cagao ni la has parido, al final ha sido una cesarea.

Se giró lentamente y luciendo la sonrisa más orgullosa que yo jamás haya visto, terminó de decir:


Aquí tienes a tu hija... –y la colocó sobre mi pecho.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 23Ponte un poco escatológico y cuenta un nacimiento.)



(Hoy, exactamente 24 años después,
te aseguro que no hay un sólo instante
en el cual no volvería a pasar por todo eso,
con tal de sentirte así una vez más...
Te amo, feliz cumpleaños!)

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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